Mostrando entradas con la etiqueta significantes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta significantes. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de septiembre de 2010

Mentes que crean mentes

“Sin lugar a dudas, es importante desarrollar la mente de los hijos. No obstante el regalo más valioso que se les puede dar, es desarrollarles la conciencia”. John Gay 1685-1732. Poeta y dramaturgo inglés.

Nos construyen las relaciones y no hay dos relaciones iguales. Incluso dentro de las vidas deseadas y fabulosas hay diferencias. Y esas diferencias se crean entre los detalles de lo cotidiano. La verdadera vida importante surge entre lo sutil de los detalles mientras nos empeñamos en sobrevivir a las exigencias sociales.

Hay que hacer tareas. Ahora toca recoger a los niños, después darles de comer, luego llevarlos a la escuela, luego ir al trabajo…  entre prisas agobiadas y veloces tratamos de cubrir el expediente y lo importante es llenar el momento con nuestra atenta existencia frente a los otros.

Cuando la tarea a realizar para superar el día prima sobre la relación de los seres queridos se produce una debacle pues una tarea rutinaria y con prisas no tiene sentimiento. El sentimiento, la sustancia, la comprensión nace de vivir lo que se vive, de la presencia auténtica y con todos los sentidos enfocados hacia las personas que nos hablan, que nos miran, que nos escuchan... y para eso se necesitan segundos eternos no segundos fugaces. Vivir es una cuestión de enfocar la atención con intención y tiempo.

En el detalle de las pequeñas cosas, en la finura de las interpretaciones de las demandas es donde surge la mentalización del niño. Y lo que quiero decir con esto es que en cada encuentro entre adultos y niños estos tienen una oportunidad irrepetible para ir creando conjuntamente una mente que integre aquellas cualidades imprescindibles que forman nuestra educación afectiva: entendimiento, comprensión, propósito, reflexión, humanidad, autoconocimiento, expresión, consciencia, autorregulación, ... 

Nos sorprendemos por la poca enseñanza que hay en la escuela y en la sociedad pero los ciudadanos se crean en base a las mentes que posibilitan el surgimiento de mentes con una buena empatía y claridad emocional y sobre todo con personas enseñadas a reflexionar sobre ellas mismas y los otros.

El problema surge cuando una persona que no tiene estas capacidades tiene un hijo o un aula con niños a su cuidado. No es solo cuestión de recursos económicos o educacionales sino de la arquitectura mental y sensibilidad de los padres y de sus profesores que un niño evolucione de una forma adecuada.

Muchas veces hablamos de niños con problemas de conducta pero no hablamos de las dificultades de progenitores y educadores. Padres, madres, maestros, maestras que en la diversidad de la vida son: ansiosas o ansiosos, ambivalentes, cansadas y cansados, hiperactivos e inatentos, impacientes, incongruentes, rígidos, con creencias y actuaciones paradójicas, con dificultades en la relación,… y que lejos de ser estados pasajeros por el hecho de ser personas pasan a ser estados crónicos inadecuados de manifestarse en relación con el otro.

¿Qué tipo de mentes crean estos tipos de “estares” sobre el mundo? Incidimos demasiado las tintas sobre los niños sin mirarnos a nosotros mismos o al contexto. Pero deberíamos saber que la forma de ser del niño tiene que ver con el reflejo de las vivencias que moldean su mente día a día. Y en concreto de las interacciones diarias con sus seres más cercanos. Y en esos momentos uno no puede estar de pasada. Tiene que vivirlos en conexión perfecta con ese pequeño ser al que se ama, cuida o “enseña”.

Pedimos calidad en las relaciones con los más pequeños pero, ¿y si nuestras mentes no tienen esas capacidades?

A menudo no es cuestión de empeño y deseo de ser lo mejor para nuestros hijos. Pues a pesar de los buenos deseos existen arquitecturas mentales miopes para esto. Se manejan en la superficialidad o en la emocionalidad desbordada, en la falta de "tacto", en la "sordera" de lo que expresa el niño, en la inexpresividad afectiva o en la hiperafectividad superprotectora y asfixiante. Los matices son infinitos.

La mirada educada en el respeto al desarrollo del otro es la única que puede dirigirse entre la infinitud de estímulos hacia los detalles verdaderamente significantes. Se necesita un empeño en centrarse en el momento de forma activa y reflexiva. En definitiva, ser muy consciente de lo que se está haciendo.

Podríamos decir que existe una "inteligencia atencional" o "inteligencia del cuidado maternal". Creo firmemente que la base de la empatía, del apego seguro y de las emociones autocontroladas está en la capacidad de saber desarrollar la mente consciente del niño. En esto es lo que debieran trabajar los progenitores y los maestros. Pero lejos de intentar aplicar actividades escolares, por personas no aptas, que tratan de potenciar estas capacidades meditativas y reflexivas creo que lo fundamental son las formas de ser de los adultos que en la relación del día al día logran por transferencia que la mente del niño se mire a sí mismo y a los demás.

Pienso que necesitamos personas con gran capacidad de escucha y que tratan de entender el deseo del niño, que les dejan tiempo para que resuelvan ellos mismos los problemas, que transpiran seguridad y afecto.

Podríamos decir que la categoría de sujeto la damos nosotros. Reconociéndole, mirándole y tocándole al mismo tiempo y como se haga esto creará enormes diferencias en la manera de ser consciente, sentir y pensar de esa persona en el futuro. Podemos crear de esta forma lenta pero inexorable e interactiva mentes muy distintas: desde ególatras egoístas hasta personas altruistas y caritativas, desde personas que razonan mal hasta personas que razonan muy bien, desde individuos que saben amar hasta los que no pueden fiarse de los otros o de sí mismos…

Volvamos al tema del proceso atencional-perceptivo consciente e inconsciente. ¿Qué capacidad tengo yo de focalizar mi atención-percepción preconsciente en los estímulos sociales-comunicacionales del niño?

O hagámonos estás preguntas: ¿qué capacidad de conexión tengo con el niño? ¿Cómo es esa conexión? ¿Durante cuánto tiempo conecto? ¿Qué calidad? ¿Es una autopista o un caminito difícil y lleno de obstáculos?
¿Qué serían los y las cuidadoras "suficientemente buenas"? Para mí la respuesta, entre otras muchas cosas, es aquellas que descubren con rapidez que es lo que siente el niño y se ajustan a lo que el niño puede entender y aceptar. Aquellas que dan un espejo empático y de registro de las emociones muy pulido y cristalino, dónde cada emoción sentida corresponde exactamente con el registro facial y corporal adecuado.

Si tenemos estos tipos de personas serenas y "presentes" al cuidado de los niños, los niños pueden aprender a leer y leerse correctamente. Y ellos, nuestros hijos, fundamentarían el conocimiento de los otros y de sí mismos con el mejor modelo posible. El niño, así atendido y acompañado, entonces se encontraría seguro porque la cuidadora o el cuidador son atentos, predecibles y coherentes en sus gestos conscientes o inconscientes.

Creo que aquí está el quid del apego seguro y del desarrollo óptimo de los bebes y niños. No podemos tener a personas que confundan emocionalmente a los niños porque están en el momento crítico y vulnerable de establecer la confianza en el mundo y el cuerpo físico vivido que están vivenciando con nosotros es el soporte que graba y articula la vida que tienen y tendrán.

Si queremos la excelencia en el cuidado infantil quizás en las escuelas de magisterio, de técnico infantil y en las escuelas de padres se debieran realizar entrevistas y pruebas psicológicas para ver la idoneidad de las personalidades y actitudes que tanto impacto pueden tener sobre los niños y bebes.