viernes, 16 de abril de 2021

La tiranía de la cultura y las tradiciones

“La idea de lo sagrado es simplemente una de las ideas más conservadoras en cualquier cultura, ya que busca convertir las otras ideas: la incertidumbre, el progreso, el cambio; en crímenes”. Salman Rushdie
"La historia no se estudia para aprender del pasado, sino para liberarnos de él". Yuval Noah Harari

 

En Tailandia existen las mujeres jirafa (padaung)

Los genes y la cultura sirven de transmisores de conocimiento y provocan un aumento de la variabilidad de conductas que se enfrentan a la supervivencia. Por ser la cultura un producto de la evolución, a veces más útil a veces menos, para la supervivencia de un grupo, hay una tendencia en el ser humano a presentar siempre en clave muy positiva a la cultura y las tradiciones propias. Se suele pensar que la genética es determinista y la cultura no, y esto es un error pues el pertenecer a un determinado grupo o sociedad que practica una determinada cultura o tradiciones puede tener mayores consecuencias y mayores determinismos en el bienestar y esperanza de vida, que el tener unos genes con predisposición a algunas enfermedades o comportamientos.

Repetidamente en la Historia se observa una búsqueda romántica de la cultura popular, recuperar los idiomas que se hablaban antes o la sobre-valoración de la vida anterior en cuestión de valores morales y la ecología. Pero a lo largo del mundo podemos ver que junto a la llamada “sabiduría ancestral” hay ritos que ante nuevas miradas no corroboran la bondad universal de la expresión de las tradiciones culturales por antiguas que sean. Por ejemplo:

Según UNICEF, en la actualidad más de 200 millones de niñas y mujeres han sufrido la mutilación genital femenina, y esta práctica se lleva a cabo en 30 países.

En la India hasta que se prohibió en 2010 se lanzaban niños de entre 3 meses y 2 años desde una altura de 9 a 15 metros para recogerlos con una manta, se hacía porque creen que a esos niños les traerá suerte, salud y riqueza. También se quemaban vivas a las viudas junto al cadáver de su marido en rituales funerarios. A pesar de estar prohibidas se cree que estas practicas culturales todavía se realizan en pueblos aislados.

En la comunidad amazónica de los Ticuna se celebra el ritual de la Pelazón, se hace cuando las niñas tienen su primera menstruación. Se las deja recluidas y aisladas de uno a seis meses con una dieta y se prepara una fiesta durante días, el núcleo de la fiesta es cuando liberan a la niña y le arrancan el pelo de raíz hasta dejarlas calvas, era común que la emborracharan durante días para que no le doliera tanto ya que durante el proceso no estaba permitido llorar. Las presiones culturales actuales de otras culturas (la iglesia evangélica prohibe este rito y a los ojos y valores de los turistas occidentales todo esto les parece algo salvaje y maltrato infantil) provocan que el rito real con su dureza se vaya convirtiendo en algo menos violento y pase a ser una representación cultural dentro de un mercado turístico. Este cambio a lo teatralizado se produce porque les trae beneficios sociales y económicos.

En Tailandia existen las mujeres jirafa (padaung), las cuales son elegidas a los 5 años para ir colocando aros en su cuello con intención de que se estire y se vea más bello, pero con terribles consecuencias para la musculatura del cuello y las vertebras. Esta práctica se mantiene porque se ha convertido en una atracción para que los turistas saquen fotos y la tribu gane dinero; pero a las mujeres cuando se les pregunta dicen que si se quitan los aros se sienten feas o desnudas.

En China, existía la costumbre de vendar los pies para impedir su crecimiento provocando grandes sufrimientos y deformidades, lo hacían a partir de los 3 años de edad y no se sabe si para que trabajaran sin moverse o por ideal de belleza. Lo que en su época se hacía con el deseo de aumentar las probabilidades de encontrar marido pasó después a ser objeto de burla, y aunque se prohibió en varias épocas continuó en muchas zonas rurales hasta el siglo XX. Los testimonios de las últimas mujeres que tenían los pies deformados explicaban que incluso lo hacían ellas mismas porque querían ser como las otras niñas y lo aprendían de sus madres. La creencia de esa cultura era que hacían lo mejor para ellas porque les proporcionaría una vida mejor. Otro gran problema cultural lo supone la medicina china tradicional, con su fuerte demanda de plantas y animales (huesos de tigre, cuernos de rinoceronte, aletas de tiburón, etc.) que lleva al sufrimiento de muchos animales y la extinción de algunas especies.

Ahora bien, dejemos a un lado el sesgo etnocéntrico de: “ellos lo hacen mal pero nosotros lo hacemos bien”. Todos tenemos ese sentimiento de que nuestra cultura es superior o mejor o más avanzada, aunque los antropólogos, sociólogos y psicólogos sociales saben que “esas cosas que hacen otros”, no es algo que sucede solamente en países lejanos o en tribus antiguas. Sea en Oriente o en Occidente, en el Norte o en el Sur, todos los rituales propios de una cultura acaban siendo grandes condicionantes de nuestra vida dentro de la sociedad a la que pertenecemos. La gente que lucha por una cultura lucha también por tener un estatus especial para él o para los suyos frente a otros.

Las culturas occidentales no están libres de manipular e introducir en las prácticas culturales populares o neo-populares a sus miembros, lo hacen dentro y fuera de las escuelas, y occidente ha transformado durante siglos lo que consideraba admisible transmitir culturalmente; cualquiera que tenga los años suficientes puede ver como ha cambiado la sociedad desde que era joven hasta la actualidad:

Desde fragelaciones religiosas con látigos y penitencias (cofradías en Semana Santa), hasta pruebas de paso de la niñez a ser adultos (como irse de putas o el uso del alcohol en botellones, las drogas, los piercings, mutilaciones y tatuajes), la sumisión de las mujeres, el sacrificio de animales o su tortura hasta la muerte en las fiestas del pueblo (tirar una cabra por un campanario, el arrastre de piedras muy pesadas por dos bueyes, cortar la cabeza a un ganso vivo, etc.), la celebración de haber vencido a otro pueblo o incluso la incitación al odio hacia determinados grupos (quema de muñecos de algún personaje público en la plaza de pueblo, quema de banderas u objetos simbólicos, carteles amenazantes), etc.

Llama la atención lo rápido que se crítica la brutalidad de otras culturas o ritos y lo mucho que se defienden las tradiciones propias en nombre de la libertad. Los pueblos ven su cultura como algo a proteger contra quien quiere quitar “nuestra identidad o forma de ser”. Pero hoy en día la cultura va más allá y se ha convertido además en un negocio. Una industria donde la imitación de lo tradicional y “lo nuestro” produce más ingresos. Las etiquetas “bio”, “eco”, “bien cultural” y “receta tradicional” son reclamos turísticos y comerciales, un modo de ganarse la vida para muchos y por lo tanto sus devotos adoptan y exageran las virtudes de esas tradiciones, lugares y productos. La explosión de los reclamos culturales viene dada porque cada cultura creada o resucitada utiliza el ecosistema para construir un nuevo nicho ecológico donde habita con sus específicos modos de vida y costumbres, propiciando nuevas posibilidades de explotar recursos y capital humano en el cual una cultura predominante ya ha saturado las formas convencionales de ganarse la vida.

La búsqueda de fines y valores capaces de dar sentido a la existencia personal tapando las contradicciones es un engaño universal de la mente, la fantasía que permite las dinámicas rocambolescas que observamos en los funcionamientos de la cultura. Se buscan significantes, si no los hay se crean héroes que adorar y villanos a los que echar la culpa, simbolismos que rechazan al mundo actual que no nos gusta por otro en el que nos sentimos orgullosos de tener ese pasado y condicionamos la felicidad de nuestro futuro a lograr convencer a los demás y recuperarlos para nuestro movimiento reivindicativo sociocultural idealizado en el que todo será estupendo.

Una vez que esto se consigue, instaurar nuestras ideas, no acaba aquí, todo el proceso de cultura minoritaria contra cultura predominante vuelve a empezar, porque otros grupos empiezan a sentirse oprimidos por la cultura que recientemente ha conseguido extenderse y ser dominante, así que las nuevas minorías buscarán otros significantes contra esa cultura. Los gobiernos poco pueden hacer a largo plazo, aunque lo intentan legislando porque todas las culturas tienen caducidad a pesar de los empeños en mantenerlas, son las presiones evolutivas las que moldean y cambian constantemente una cultura aunque se legisle con leyes a favor de una y en contra de otra. Por mucho que luches por una cultura en la que crees, la cultura en la que vives inmerso actualmente dejará de existir; por eso muchas personas mayores sienten que el mundo ha cambiado y que pertenecen a otro mundo en el que eran jóvenes fuertes y combativos por la libertad de su cultura.

Es un hecho natural que las personas suelen sobrevalorar cualquier grupo del que formen parte y demonizan al grupo de fuera. Padecemos un sesgo que atribuye al grupo cultural nuestro motivaciones hacia el amor por los suyos y ve en las actuaciones de culturas rivales motivaciones por odio hacia nosotros. Es un “ellos” contra “nosotros” profundamente integrado en nuestros cerebros, porque somos una especie que ha evolucionado practicando la guerra tribal y cultural, a nivel real y a nivel simbólico con justificaciones post-hoc de sentimientos e intuiciones que permiten ponerse jerárquicamente por encima.

No se puede traer el pasado al presente o al futuro porque el tiempo y las condiciones y presiones que modelaron esa cultura antigua no existen ni volverán a existir. Todas las culturas nacen, se reproducen, se transforman y mueren. Recuperar tradiciones es crear recuerdos distorsionados, porque la memoria de las personas no refleja lo que realmente pasó sino que se reconstruye adulterándose a través de juntar: nuestras emociones, imágenes sensoriales, creencias, otras experiencias posteriores nuestras y las afirmaciones de otras personas (subjetivas) y toda clase de influencias externas con la que tratamos de refrendar la hipótesis de nuestra memoria. Así que la propia memoria es una historia reconstruida con las pruebas que nos contamos sobre lo que creemos que sucedió y actualizada con lo que creemos “nuevas pruebas” cada vez que lo recordamos. Luego la historia y la memoria colectiva es el consenso co-construido de creer en unas pruebas que nos encajan en unas trazas de memoria y no en otras por mucho que hayan sucedido realmente o no los hechos.

Y lamentablemente, procesamos la información no sólo examinando los hechos, sino también considerando las consecuencias sociales de lo que ocurre con nuestra reputación si creemos algo distinto a lo que cree nuestro grupo político o de amigos. No creer o cuestionar la cultura puede suponer que el grupo nos pueda atacar, echar o desprestigiar. Y por el contrario, creer lo que cree el grupo aporta mayores ventajas como mayor estatus y protagonismo dentro de ese grupo, así como un sentimiento de estar ayudando que nos hace sentir bien. Todo esto provoca que los seres humanos no tengan un funcionamiento mental para preservar los hechos reales tal como sucedieron sino los hechos que menos nos perjudican de cara a los demás y sobre todo de los que forman nuestro grupo cercano o de apoyo.

¿Por qué inventamos culturas? Es algo tan biológico e irremediable como un páncreas que produce insulina para mantener el nivel de azúcar en sangre, como unas hormigas construyen su hormiguero o como los virus se reproducen en las células inyectando instrucciones que secuestran su sistema metabólico. El ser humano crea e inyecta cultura (instrucciones auto-replicativas de información y auto-organización para la construcción de células de conocimiento con la función de nutrición, relación y reproducción de organismos socioculturales) constantemente para intentar sobrevivir y reproducirse mejor biológicamente

Si hay más variación cultural, hay más probabilidades de que algunas de esas conductas culturales nos permitan sobrevivir y reproducirnos bajo las cambiantes condiciones que la Naturaleza va creando con el paso del tiempo. La cultura se convierte en otro espacio natural, es un medio ambiente como un bosque lo es para un cazador. Como especie depredadora que somos transformamos y cazamos tanto en la naturaleza como en el ecosistema simbólico cultural en el que nos desarrollamos.

El humano agricultor-cazador siembra semillas, caza animales y se protege de otros humanos, el ser humano cultural siembra mitos, caza piezas simbólicas y se protege de las culturas de otros humanos.  

Las culturas hacen grandes esfuerzos para poderse reproducir y para ello hacen exhibiciones, guerras atacando a otras culturas o producen rasgos extremos por selección autorreforzante como la deformación extrema de los pies de las mujeres chinas para resultar más atractivas o la alteración músculo-esquelética de las mujeres jirafa.

Lo más característico de la interacción indisoluble de genes y cultura es la creación de una gran variabilidad conductual: desde hábitos que mejoran la higiene contra los patógenos (instrucciones de lavarse las manos antes de comer o manipular alimentos) hasta rituales para conseguir parejas sexuales o emparejamientos a través de bailes y fiestas. Esta diversidad de estrategias de aprendizaje y conducta dentro de un contexto provoca que algunos quieran imponer su cultura a otros grupos, porque con su crecimiento cultural van a lograr más derechos, mejorar sus recursos o su estatus y el poder frente a otros. De hecho, hay una relación biológica entre la cooperación y la violencia, que se observa a través de todo el mundo animal.

En los chimpancés, especie con la que estamos muy emparentados, existe una fuerte competencia grupal, son altamente territoriales y luchan organizadamente por el control del territorio. Un individuo solo no puede vigilar una frontera o atacar a un enemigo, necesita la cooperación de otros que le ayuden. Lo mismo sucede con la caza, es más efectiva si los chimpancés se coordinan. Si volvemos al hombre, el solitario está desvalido, pero aquel que se une a otros tiene poder para imponerse. El truco aquí está en convencer a otros para que te apoyen y porten señales que hagan visible la pertenencia a ese grupo como señal de advertencia y orgullo. Las señales culturales humanas son como las plumas coloridas de un ave o la piel de una serpiente: sirven para exhibirse, camuflarse, atraer parejas o advertir de lo peligrosos que somos. Así que para informar a las personas usamos banderas, emblemas, tatuajes, ideas y partidos políticos, valores, religiones, la moral y la ética, vestimentas, objetos, el arte, la música, el idioma, etc.

Sobre esta base, el convencer y reclutar personas para la causa, requiere de engaño y auto-engaño por lo que en el ser humano todo se vuelve más complejo y a veces más sutil puesto que la cooperación y la solidaridad sirve tanto para hacer la guerra como para las tareas de cuidado de los bebés o de los más débiles. Muchos de los que empuñan armas y comenten atentados por una cultura, creen que no tienen elección, que es un acto de extrema generosidad y sacrificio por dar una vida mejor a los suyos.

Si algo distingue al ser humano actual son las organizaciones que crea. Se coopera y se practica el altruismo y la solidaridad dentro de empresas, asociaciones, pueblos, colegios, familias, etc. Pero son miles de intereses que han de ser canalizados por los líderes para poder llegar a ser predominantes. Y en estas dinámicas de intentar conseguir cambiar conductas emerge la lucha, que puede llegar a ser despiadada contra otros grupos o incluso dentro del propio grupo, por la formación de subgrupos que luchan por el control. Y es que el mismo mecanismo que inicia la creación de grupos con su cultura propia motiva a la vez su división y subdivisión en competencia. En contra de lo que nos pareciera suceder la cultura no nos une, nos separa. Nos une en grupos para separarnos de otros. Y esto sucede de forma repetitiva y continua como un patrón matemático iterativo infinito...

La película “La vida de Brian” ejemplifica muy bien este problema en una escena cuando discuten sobre los diferentes partidos y a cuál pertenecen ellos: “Frente judaico popular”, “Frente popular de Judea”, “Frente del pueblo judaico”, “Frente popular del pueblo judaico” o la “Unión popular de Judea”. Obviamente todos son disidentes y cada uno reniega del otro y aspira a ser el movimiento auténtico libertador, pero todos ellos nacieron de la misma matriz y con algo en común que les unía y es el odio a los romanos, en todo lo demás no pueden estar de acuerdo si quieren existir como entes separados. Por lo tanto están obligados a inventarse y exagerar diferencias entre ellos o a desprestigiarlos.

 


Pensamos que es el odio, el rencor, la crueldad, etc. lo que motivan las decisiones de otros grupos sobre nosotros, pero las mismas bases biológicas y conductuales que posibilitan las características humanas de las que nos sentimos orgullosos: cooperación, empatía, solidaridad, altruismo, etc. son las que sirven para los comportamientos más agresivos y malvados. Lo bueno y lo malo en cada persona está perfectamente unido. Cada humano tiene la capacidad de cambiar entre la bondad y la maldad según el contexto y el contexto tiene un gran poder sobre la supuesta libertad de acción que imaginamos tener. La emoción tribal instintiva manipula a la razón, y la inteligencia como un mercenario a sueldo, hace el trabajo sucio intelectual para justificarlo. Si nuestro contexto es nuestro grupo cultural lo defendemos de los grupos exteriores sin crítica alguna. En los extremos, podemos agredir o matar a los que pensamos que quieren quitarnos nuestra cultura mientras a la vez nos mostramos generosos, magníficos padres o madres o hijos, compasivos y muy empáticos con todas las personas de nuestro entorno cultural.

El individuo lucha para ganar recursos y apoyos según sus rasgos de personalidad, a corto o largo plazo, directamente para él o para los que considera de los suyos; y los suyos son los que profesan la misma cultura y tradiciones. Pero es un acto egoísta siempre, porque darse a los demás eleva el estatus y da reconocimiento directamente para él o para sus descendientes y amigos culturales. Hay que tener en cuenta que la falta de conciencia de un individuo sobre la intencionalidad de sus actos no exime de las funciones egoístas de la evolución, porque la vivencia subjetiva-emocional y el relato siguen atadas a la inexorable evolución biológica y cultural. Lo más que puede hacer el relato es ocultar y disfrazar la realidad en beneficio de una persona o grupo determinado.

Los humanos y los pueblos tienen muchas maneras de reforzar la identidad de grupo. Una de ellas es hacerse la víctima cultural. Venderse como un pueblo o grupo oprimido pulsa una tecla instintiva que va polarizando la sociedad entre los que están a favor o en contra de sus peticiones. Pero los relatos son construidos para luchar contra otros o para sentirse mejor o más éticos frente a la hegemonía cultural, política y económica de otros. Las naciones son ficciones edulcoradas, comunidades imaginadas, para aumentar la autoestima y crear identidad de grupo; y hoy en día dan cobijo sustituyendo a las religiones como los hinchas incondicionales alrededor de un equipo de fútbol. Pero conseguir una historia común y una lengua compartida no protege contra los cambios ni da derechos para llamarse nación, porque la inmigración y las relaciones con otras culturas provoca su continua transformación. Las fronteras culturales son difusas, el comercio, la multiculturalidad y la fusión hacen cambiar las costumbres y las lenguas habladas. 

 

Son las personas con rasgos más extremistas las que más luchan por rescatar y mantener la cultura y las tradiciones

Son las personas con rasgos más extremistas las que más luchan por rescatar y mantener la cultura y las tradiciones. Suelen ser las personas con alto nivel educativo las que más elaboran los discursos para ser coherentes y a la vez más extremos. Se dedican a tejer y construir una telaraña cultural de logros simbólicos, de personajes ilustres legítimos, de hazañas gloriosas históricas, ... y esto proporciona estabilidad y seguridad a quienes se hallan insertos en la cultura que crean y la coartada perfecta para las personas ambiciosas que buscan prestigio y posición social dentro de las nuevas corrientes culturales mediante el exhibicionismo moral. Son guionistas de la historia que quieren vivir y obligan a vivir a otros, mientras sus creencias creadas se venden como una muestra de compromiso con el grupo. Estas personas con pensamientos extremos ven los cambios culturales o idiomáticos como amenazantes para la propia identidad, se hacen garantes de lo puro, de las expresiones lingüísticas más correctas y de la interpretación de los hechos históricos de una manera concreta, y ponen denuncias a diestro y siniestro porque creen que se vulneran sus derechos culturales o idiomáticos. Lo hacen cuando castigar a los otros les ayuda a conseguir mejorar su reputación frente al grupo, saben que el dañar a otro es admitido si sirve de señal virtuosa de lealtad y defensa del grupo cultural al que pertenecen.

Creyéndose estar en una realidad “como tiene que ser y legítima” y premiados por ser el faro que mejor ilumina al grupo (cuando más extremo e intolerante el mensaje este funciona como señal más fuerte y clara para el grupo y mejor señalan al enemigo provocando un efecto de aglutinamiento. La vivencia del grupo conseguida es la de estar uniéndose con sentimientos de fraternidad y solidaridad en la lucha contra “los malos”. La realidad es que el deseo de esa gente de ser bondadoso, de ayudar a sus hermanos y amigos ha sido manipulado para ponerlos a luchar contra los diferentes o contra los que no opinan igual), no ven que una cultura no evoluciona si no es a través del contacto con otras culturas e ideas.

No se puede crear y mantener durante mucho tiempo una cultura aislada a base de leyes, decretos, discriminaciones positivas y currículos educativos en un mundo abierto e hiperconectado. Solamente el aislamiento y el proteccionismo extremo hace perdurar con pocos cambios una cultura y con altos costes, pero esto hoy día no es posible, es un suicidio como sociedad en el mundo actual por homogeneidad ideológica y un conflicto eterno con los de fuera. La diversidad ideológica cultural genera contradicciones, conflictos y hace sentir incómoda a mucha gente, pero la homogeneidad cognitiva e ideológica provoca sectarismo, partidismos irracionales, debilita a la ciencia, dificulta la solución de problemas, empobrece y a través del tribalismo castiga a los disidentes por considerarlos enemigos y diferentes.

La Historia nos deja claro que nada permanece: los imperios, las naciones, los pueblos, las tribus, los idiomas ... cambian o desaparecen porque solo existen en las mentes simbólicas.

Resumiendo, debido a la deriva evolutiva azarosa y aleatoria, las culturas, las tradiciones y los idiomas siempre nos darán libertad y nos esclavizarán al mismo tiempo. No serán ni mejores ni peores, ni verdaderas ni auténticas, ni legítimas ni ilegítimas; simplemente reflejarán el flujo cultural (algoritmos de variables ambientales en relación con variables de estado de las personas que determinan el comportamiento tanto del entorno como de las personas y grupos) a lo largo de las generaciones donde unos individuos saldrán perdiendo y otros beneficiados injustamente según el momento histórico y el azar que les toque vivir ante las luchas culturales ciegas e imperantes en la que todos modifican relatos y crean culturas imaginadas y simbólicas: tanto los vencedores como los vencidos.


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miércoles, 19 de agosto de 2020

¿Es la psicoterapia una fantasía? ¿Nos invade la educación emocional y pseudo-terapéutica?

"Ningún crítico es más capaz que yo de percibir claramente la desproporción que existe entre los problemas y la solución que les aporto." Sigmund Freud
"Nuestra práctica es una estafa, fanfarronear, hacer pestañear a la gente, deslumbrarla con palabras rebuscadas, es lo que habitualmente llamamos "rebuscado". (...) Desde el punto de vista ético, es insostenible nuestra profesión; es por eso que me enferma, porque tengo un superyó como todo el mundo." Jacques Lacan


¿Son realmente efectivas las psicoterapias o hemos construido una industria millonaria de consumo de psicoterapias que se consume como una religión? Problemas que hace unos años eran solucionables desde una reorganización escolar o social ahora son sustituidos por la recomendación de una psicoterapia: ¿Se trata de una fe irracional en la psicoterapia como si su mera aplicación fuese suficiente para solventar cualquier problema? ¿Se trasladan los problemas sociales a la responsabilidad en exclusiva del individuo, su familia y sus pensamientos?

Desde hace años el pensamiento pseudo-terapéutico ha ido entrando en las escuelas alienando la educación. Hemos pasado de la antigua educación autoritaria a la moderna educación emocional invasiva y controladora de las emociones positivas y felices, una nueva educación pseudo-terapéutica que ve a los niños como seres sumamente frágiles y los infantiliza a base de proteccionismo, sobrevigilancia y excesivos cuidados apelando a las emociones.

Es posible que la gran popularidad de la carrera de psicología del que salen todos los años más de 7.000 psicólogos en España y que en el 2018 contaba ya con 32.516 colegiados (INE), más los numerosos cursos de terapias alternativas, hayan contribuido que sus miles de estudiantes y licenciados trasladen a la sociedad la impresión de que casi todo malestar es mejorable o solucionable a través de una psicoterapia o intervención sobre la emociones y las cogniciones.

¿Hasta que punto se puede producir la paradoja no esperada que a más psicólogos y terapeutas en la sociedad, más furor por ayudar y más intentos de diagnósticos y nuevas conceptualizaciones de malestares psicológicos que antes no existían y que pasan al imaginario colectivo como síntomas a tratar? ¿Son reales estas nuevas necesidades? ¿Pueden hacer lo que prometen o consultar al terapeuta es como la forma moderna de consultar al oráculo y poner una vela a un santo?

En muchas reuniones de trabajo me ha quedado la impresión de una psicologización excesiva que simplifica a una única dimensión individual cantidad de problemas complejos que tienen su origen en las condiciones socio-económico-afectivas que crea el propio ser humano y que en el mundo real son difícilmente solucionables por un terapeuta. Por eso, es importante crear equipos multi-disciplinares que aporten otras orientaciones en nuestro trabajo y enfoques que no sean solo de psicoterapia en los gabinetes de psicología, en Atención Temprana o en los colegios.

La psicología no pasa por su mejores momentos y las psicoterapias de algunos trastornos están dando un tamaño de efecto menor en niños y adolescentes comparados con adultos en algunos estudios, así como efectos secundarios no deseados o resultados levemente mejores que el placebo.

Dicen algunos médicos que el arte de la medicina consiste en entretener al paciente mientras la Naturaleza cura la enfermedad. Y sinceramente creo que hay mucho de esto, un efecto estadístico de regresión a la media de los síntomas que los psicoterapeutas se apuntan como logro causado por ellos en primera instancia. Podríamos decir que el psicoterapeuta intenta cambiar o mejorar los problemas del paciente desde lo psicológico cuando obviamente, en muchos casos, sus problemas son algo más complejos que cambiar sus cogniciones o emociones.

Desde hace años he observado en muchos profesionales de la psicología y profesores un uso excesivo de la psicología positiva, del mindfulness, de las inteligencias múltiples, de la inteligencia emocional, del estímulo de la autoestima, de la promoción de las emociones “positivas” y del intento de la erradicación de las emociones “negativas”, todo desde unas creencias y unos mitos que tratan de ayudar a los otros sin saber que estos intentos pueden provocar depresión, ansiedad, y una manera inadecuada de afrontar los problemas.

Algunos terapeutas experimentados se han dado cuenta de lo poco que pueden ayudar a sus pacientes, así que han re-elaborado su discurso diciendo que ellos “solo acompañan y escuchan al paciente en su proceso vital”. Pero además de “acompañarles”, “darles un lugar” y “escucharles” hay que ayudarles en lo real tangible del día a día. Si tus condiciones de vida son jodidas y nadie te ayuda con recursos físicos, relacionales y económicos los problemas psicológicos se acrecientan. Por ejemplo, si las personas necesitan una vivienda, un trabajo, unas buenas relaciones familiares, un colegio inclusivo, poder pagar facturas, ayuda con los niños, etc. ¿de qué sirve decirles que cambien sus cogniciones? Es como hacerles trampa. Y los que trabajamos en esto sin auto-engañarnos, sabemos que muchos de los problemas que tratamos no se solucionan con una pastilla, pero tampoco con una psicoterapia.

La ayuda psicológica por sí sola se queda muy corta y los trabajadores sociales, educadores sociales y mediadores son indispensables en los gabinetes de psicología, cosa que no suele suceder. En mi opinión, más que tirar de la psicología del ser humano (el individuo), necesitamos una sociología comunitaria que estudie y ayude a mejorar los recursos necesarios, los grupos de pertenencia de las personas y sus relaciones en la sociedad. Los condicionantes sociales provocan gran parte del sufrimiento: son los contextos sociales los que generan sentimientos de inferioridad, desigualdad, evitación, agresión, conflicto, estrés, depresión, impotencia, etc.  Una parte de la ayuda corresponde a los políticos para que doten de recursos tangibles a las personas que más lo necesitan y otra parte a la sociedad para que se implique en proyectos de voluntariado comunitario.

Sabemos que para sentirse bien las personas necesitan sentirse integradas y válidas; y no solamente recibir ayuda psicológica pasivamente, porque los pacientes se sienten bien al dar ayuda productivamente a los demás. Una buena regulación y formación del voluntariado en la sociedad sería de gran ayuda y más en estos momentos si el estado por la situación económica global no es capaz de proveer recursos.

Como decía Lambert, autor que ha intentado explicar a qué se deben las mejorías experimentadas con la psicoterapia: La vida es lo que más genera cambio, el 40%, y la relación con el terapeuta o las técnicas psicológicas utilizadas tienen un papel menor. Así que muchas de nuestras intervenciones se generan a través de cambios sucedidos en el contexto no terapéutico. 

 


 

Dado el actual boom de las terapias, más propio de una necesidad casi religiosa de creer en algo para solucionar nuestros problemas, creo que nos aportaría mucho más una visión con cierta equidistancia, como la de un antropólogo que estudia los diferentes comportamientos ante la búsqueda de terapia a lo largo de las diferentes culturas. Necesitamos observar cómo se comportan los pacientes y cómo se comportan los terapeutas según su cultura y sus ideas o cómo se inserta ese individuo y ese terapeuta en la sociedad. 

Lo importante es estudiar las repercusiones que tiene sostener una idea o creencia para pacientes y psicoterapeutas, sea del tipo que sea, porque mantener una determinada creencia o idea da al individuo beneficios sociales como protección del grupo, aliados, subvenciones, reconocimientos, seguidores, mejor trato, etc. aunque esas ideas o creencias sean inventadas o falsas o semi-falsas (así que estos beneficios hacen que no consideraremos falsas las creencias, sobre todo si nos rodeamos de otras personas que piensan como nosotros). Crear mapas de relaciones humanas entre creencias, grupos e individuos para saber como se reproduce y sostiene el auto-engaño (cosa que ya pueden hacer las redes sociales de Internet) permitiría conocer mejor al ser humano además de abrir el mundo a la posibilidad de una distopía, porque a mayor capacidad de conocimiento mayor capacidad para la manipulación en lo bueno y en lo malo.

Por ejemplo, psicoterapeutas y curanderos en todos los países son parecidos en que activan una esperanza al paciente de ocuparse de su problema y esto no deja de ser un efecto placebo utilizado a favor del paciente. Les entretenemos con rituales en las consultas, a veces con apariencia de científicos, mientras el mero paso del tiempo mejora o empeora sus síntomas (normalmente mejora por ese regreso estadístico a la media del que hablábamos antes o porque los niños crecen y maduran dejando atrás sus contratiempos). A la vez que esto ocurre creamos ficciones y explicaciones simples de su mejora o empeoramiento, establecemos causalidad sin pruebas bien diseñadas científicamente, que elevamos a categoría de lo real y tratamos de extenderlas como señal de pertenencia grupal a una escuela psicológica o ideología. Esta ficción explicativa de lo que le sucede al paciente funciona como marcador social, permite ser una señal de afilación a un grupo psicoterapéutico y entonces poder ser reconocido como psicoterapeuta para navegar por el complejo sistema social de las psicoterapias.

Como no somos islas, cada persona construye un relato o varios, por sí mismo en base a sus experiencias o ayudado por familiares, amigos, terapeutas, asociaciones o la sociedad al completo. Y eso da carácter de existencia propia y subjetiva a los hechos que nos suceden al margen o al semi-margen de la realidad “objetiva”. Por eso escuchamos mucho el “a mí me funciona” incluso con remedios estrambóticos y totalmente inverosímiles.

Toda terapia o todo intento de nueva vida alejándose de los problemas integra la construcción de un nuevo relato, relato que puede ser mejor o peor por cuestión de azar más que de la propia psicoterapia en sí misma. Además, no es fácil mantener los resultados, ya que los relatos que construimos o nos dan para ayudarnos, caducan, porque los significados cambian con el transcurrir del tiempo a través de los procesos de maduración biológica y los cambios de los significados socio-culturales compartidos. La sociedad como tu cuerpo cambia quieras o no y tu relato construido de héroe o víctima puede acabar en villano y viceversa con el transcurrir de los años.

¿Cuánto tiempo dura el efecto de una terapia? ¿Cuánto dura su placebo? ¿Cuánto dura mi Yo actual?

Tristemente para la psicología se observa una escisión entre los intentos de hacer ciencia de los investigadores apoyándose en el método científico con los descubrimientos en neurociencias, aprendizaje conductual, biología, matemáticas, informática, etc., y lo que sucede realmente después con su intento de aplicación práctica a la psicoterapia.

He visto como cantidad de compañeros después de hacer la carrera en psicología (supuestamente científica y de orientación cognitivo-conductual) optaban por hacer másteres de formación que se alejaban de los métodos científicos como el psicoanálisis, las constelaciones familiares o la psicoterapia Gestalt (cuyo nombre no tiene nada que ver con la psicología de la Gestalt, que es una escuela que estudiaba la psicología de la percepción humana y no es una psicoterapia).

Muchos de ellos ya al iniciar la carrera fantaseaban con el psicoanálisis u otras escuelas no científicas y todas las clases recibidas no sirvieron para desviarlos de sus creencias previas, ni incluso con los actuales másteres habilitantes para la clínica. Los prejuicios son muy difíciles de destruir aunque se aporten datos; y estudiaban como todos psicofisiología, análisis de datos, metodología, psicología del aprendizaje, etc. pero simplemente ellos aprobaban esas asignaturas y se iban corriendo a seguir leyendo lo que les gustaba oír. Y es que cuando una creencia social y una creencia real entran en conflicto, la gente opta por la creencia que mejor señala su identidad social, incluso si ello significa mentirse a sí mismos.

La racionalización de las creencias y los propios deseos propician la distorsión de la verdad mediante el auto-engaño en lugar de la aproximación a la realidad, porque una función de las creencias y los deseos es facilitar la inclusión social en los contextos sociales preexistentes. Si has establecido lazos sociales por sostener unas creencias no quieres perderlos. Es difícil atenerse a las pruebas objetivas cuando tu supervivencia depende de afirmar las creencias que sostienen los que te dan de comer o te dan pertenencia a un grupo, identidad y aceptación. Las ideas son lo que nos une y por eso se defienden aunque sean un contrasentido. Si me etiqueto como psicoanalista o sistémico o humanista, automáticamente seleccionaré y compartiré la información que me llega para mantener mi creencia y pertenencia al grupo que pertenezco y me acoge. Es una necesidad tan profunda que las personas se sienten en deuda y tratan de proteger al grupo creando burbujas informativas.

Es un poco frustrante ver lo difícil que es cambiar las creencias de la gente, incluso dentro de los propios psicólogos que estudian cómo funciona la mente humana. La psicología como ciencia ha conseguido describir una lista larguísima de sesgos y errores cognitivos en el pensamiento de las personas, y también en los psicoterapeutas por muy entrenados e instruidos que estén: sesgo de confirmación, ilusión de control, confundir el insight (comprensión del problema) con la mejoría, re-escritura retrospectiva del funcionamiento pre-tratamiento, interpretación selectiva de los resultados, inducción del efecto Charcot, etc.

Pero hacemos solamente eso, detectarlos y describirlos cuando se detectan en los experimentos psicológicos, porque sigue siendo muy muy difícil corregirlos. Y aunque a veces se consigue razonar mejor haciendo un gran esfuerzo mental señalando el error o diseñando clases formativas que fomentan el pensamiento científico y crítico, muy a nuestro pesar los sesgos vuelven porque son puntos ciegos evolutivos de la especie. Seas científico o no, necesitas ser escéptico por defecto de tus propias ideas y gustos. Sabemos que el método científico no es perfecto, pero a pesar de sus fallos es la mejor herramienta de la que disponemos actualmente para intentar no auto-engañarnos. Y en el terreno psicológico el auto-engaño campa a sus anchas tanto para los pacientes como para los terapeutas.

No quiero poner en un pedestal a los científicos por el mero hecho de serlo, ya que no podemos subestimar al cerebro a la hora de auto-engañarse ni aunque ese cerebro sea catedrático en investigaciones científicas o premio Nobel. La inteligencia humana no es neutra ni imparcial ni recrea una visión fiel del mundo. El ser humano utiliza su inteligencia bajo un razonamiento motivado para proteger la identidad propia, por eso a más estudios superiores y másteres más capacidad para elaborar cognitivamente respuestas, argumentos y narrativas que defiendan la propia visión del mundo aunque se esté equivocado

El sesgo de confirmación hace que intentemos interpretar los datos de manera que nos dé la razón. Miramos los datos y tratamos de buscar cualquier patrón que parezca relevante para nuestras creencias aunque los datos no tengan sentido o sean simples correlaciones aleatorias. El sentido se lo ponemos nosotros según nuestras creencias. Y establecer una relación causa-efecto "por mi experiencia", por un único experimento o por varios sin el suficiente tamaño de la muestra es un error fatal. Así que no nos engañemos, todas las personas tengan más inteligencia o menos, más estudios o menos, más reputación o menos, caen en el razonamiento motivado y por lo tanto pueden entrar, en algún momento de su vida, en el uso de pseudo-terapias o a defender cosas irreales o incluso estúpidas. Para mí, este descubrimiento del auto-engaño mental sistemático es el mayor logro que ha descubierto la psicología como disciplina.

Por lo tanto, debido a estos fallos o sesgos humanos, gran parte del funcionamiento mental normal y patológico se sale fuera de lo real y encuentra su retroalimentación y existencia en lo subjetivo, en cantidad de errores de pensamiento y puntos ciegos que quedaron tras procesos selectivos de supervivencia dentro de los grupos sociales durante miles de años. Todo nuestro cerebro-mente trata de defenderse cognitivamente de la invasión de ideas ajenas que alteran la visión tranquilizadora subjetiva del mundo, un mundo que ha construido a lo largo del tiempo en su particular ambiente de ideas y experiencias, y por eso la Educación científica tiene dificultades para cambiar el pensamiento mágico o sin evidencias; porque cuestionar las ideas es mucho más que cuestionar ideas, es cuestionar la pertenencia al grupo que las defiende y por lo tanto hasta nuestra supervivencia y modo de vida.

Mientras la ciencia avanza en la genética, la tecnología o la ingeniería... la psicoterapia NO avanza. Podemos decir que la ciencia tiene un gran impacto en nuestras vidas, pero las pseudo-ciencias también aun no siendo “reales”, pues convivimos con ellas y para ellas, no queremos estropear una bonita historia explicativa que nos gusta con la posibilidad de su no existencia. Le encontramos sentido, nos encaja y nos sirve para embellecemos la vida y no entristecernos. Y son muchos años formándose en pedagogía sistémica alternativa, programación neurolingüística (PNL) o en la lectura del futuro en los posos del café. Todo encaja maravillosamente en nuestras creencias y las amamos y además queremos que todos los demás las tengan, ¿cómo no íbamos a amar aquello que nos da parte de nuestra identidad, una profesión y un lugar en el mundo? Y encima el dinero y el tiempo que nos ha costado en formarnos.

Nada oculta mejor la realidad que los subterfugios del lenguaje, por eso muchas profesiones y también la psicoterapia se parapetan detrás de un lenguaje oscuro propio de su corriente psicológica y de teorías no comprobables científicamente. Lo primero que hace un experto es dotarse de un lenguaje que sus pacientes desconocen para conseguir un efecto de dominio. Son capaces de repetir a un paciente lo que todo el mundo por sentido común le dice o lo que él paciente ya sabe, pero con palabras “técnicas” que justifican el cobro de su salario.

Aquellos que no quieren ser puestos a prueba por la ciencia ponen toda su fe en un relato o en algún personaje que tuvo alguna relevancia en el pasado. Pero a la vez que rechazan la ciencia o la crítica, según su interés y ante su público no dudan de decir que la psicoterapia no es científica porque es un arte y por lo tanto no es comprobable científicamente, para al mismo tiempo correr a citar un estudio científico si creen que avala lo que ellos dicen. No se cansan de decir que la ciencia no puede capturar la realidad humana, pero mandan por e-mail o retuitean a todos sus compañeros de creencias el último estudio científico que creen les da la razón, aunque esté realizado con muy pocos participantes y sea poco generalizable. Sesgos y más sesgos, esto es lo que hay en los seres humanos.

Con los años he visto a amigos acudir por más de 10 años al psicoanalista y no ver ninguna mejora, y a la vez estar encantados y a otros dejarlo aburridos pero sin crítica. También he visto a otros enfrascarse en la lectura minuciosa y obsesiva de Lacan y adoptarlo como un sacerdote interpreta la biblia. Es algo común que tanto pacientes como psicoterapeutas busquen información sesgada que confirme sus sospechas previas. No se cuestionan lo que se hace, y a veces recurren a mitos como el de “conocerse a sí mismo” para justificar todo ese tiempo invertido. Cuando más coste en tiempo, dinero, esfuerzo o compromiso tiene una psicoterapia, más intentos de justificación. Y la gente hace grandes esfuerzos y sacrificios por ir a formarse, lo que hace una preselección de los más influenciables a los nuevos mitos.

Esto de “conocerse a sí mismo” es algo que la publicidad, los coach y psicólogos del auto-conocimiento han explotado mucho con gran beneficio económico. Pero esto de “conocerse a uno mismo” es una falacia, porque reaccionamos al contexto en base a la interacción entre nuestra genética, personalidad, edad, experiencias previas, entorno y relato. Por lo tanto es dinámico, hay una multiplicidad de yoes que aparecen y desaparecen según las presiones a los que nos vemos sometidos y la lectura que hacen los demás y nosotros de ello. En consecuencia nuestro Yo unas veces nos gusta y otras veces no porque intenta regular su sentido social. Somos de una forma con nuestros padres, de otra con nuestra pareja, de otra con nuestros hijos, de otra con nuestros amigos, de otra con nuestros compañeros de trabajo, de otra si tenemos dinero, de otra si no tenemos salud, de otra si el vecino me saluda o me niega el saludo, etc.

Y encima esta ilusión del Yo varía a lo largo del tiempo que vive una persona porque funciona como un sensor guía dentro del complicado mundo social: ¿Quién soy yo realmente? Pues no eres más que un intento de la mente de relato coherente, un intento de dar unidad de cara a lo social. Lo social que observa y juzga y en base a ello otorga estatus y credibilidad social al individuo en un grupo. Es algo vital porque de lo convincente que sea ese relato depende tu valoración y afecto recibido de los demás y eso se traduce en capacidad de supervivencia por los recursos y ayudas recibidas.

No deberíamos decir “conocerse a sí mismo” deberíamos decir: construirse una historia de nosotros mismos que nos guste y justifique ante los demás para conseguir apoyo o reconocimiento. Por utilizar un símil, el Yo mental es como el postureo de fotos en las redes sociales, el muro de Facebook o las historias del Instagram. “Si me das un like ayudas a mantener este canal” o lo que es lo mismo si me das reconocimiento a mi Yo me ayudas a sobrevivir en este mundo lleno de competidores. No te afanes en auto-conocerte porque tu conocerte a ti mismo tendrá un resultado diferente según te vaya la experiencia a la que te sometes.

Tus creencias son sociales y serán más o menos funcionales o disfuncionales dependiendo del número de gente cercana a ti que valide o invalide esas creencias. De poco te servirá descubrir que el planeta Tierra gira alrededor del Sol si tu sociedad cree que no. Sobrevivimos además de en ecosistemas naturales en ecosistemas de ideas. Por eso estamos intentando "leer la mente" de otras personas o intentando convencer a los demás de que piensen como nosotros, para que podamos encajar con ellas o que no nos lastimen o para conseguir ventajas sociales o económicas. Puede ser más valioso dentro de un sistema creerse el psicoanálisis, o las constelaciones familiares o la psicología humanista o la superioridad de una región o lengua si eso te permite establecer lazos sociales, económicos y hasta afectivos que la propia realidad.

Lo ficticio, lo simbólico y lo real solamente son herramientas utilizadas para el mundo social compartido. Cosas como lo que llamanos nuestro país, nuestro idioma, nuestra cultura y nuestra gente no son más que construcciones sociales por las que algunos son capaces de discriminar o hasta matar; por lo que plantear las terapias desde el análisis individual de los pensamientos es como intentar explicar el comportamiento de un gas en un recipiente a través de una sola molécula. Podrás lanzar miles de hipótesis que parezcan explicar su comportamiento, pero no será la explicación real por mucho que para nosotros tenga sentido.

He visto como muchas parejas (sentimentales, sexuales o de negocios) salen de acudir a los mismos cursos, conferencias o manifestaciones, podemos decir que las ideas exhibidas públicamente se utilizan para hacer una pre-selección de pareja como cuando el pavo real despliega su colorida cola de plumas. En el ser humano las ideas y los genes van de la mano en la reproducción económica, relacional y sexual.

Si algo tiene de paradójica la realidad humana es que puede tener más peso las coaliciones entorno a las ideas que uno exhibe que la propia existencia de un hecho “objetivo” en sí mismo. Somos animales y una persona que se considera a sí mismo liberal o conservador o psicoanalista o humanista o regionalista o anti-sistema o cualquier cosa que se nos ocurra no hace más que exhibir una bandera o un plumaje para marcar territorio y llamar la atención hacia coaliciones de ayuda con sus supuestos iguales. Viene a decir: “estas son mis ideas (mis plumas o la forma de mi pico) si eres como yo (tienes mis plumas o la forma de mi pico) ayudémonos”.

Una persona o un grupo que exhibe tus ideas (similares colores de plumas o forma de pico) te suele caer mejor automáticamente que si tiene las ideas contrarias. No es producto de la Educación recibida ni un aprendizaje, es un automatismo atávico, un algoritmo biológico que permite progresar entre la competencia de grupos distintos que consumen recursos dentro de un mismo entorno. Todo nuestro humanismo: el altruismo y la cooperación, se mueve dentro de estos marcos evolutivos de competencia intra-grupal y exo-grupal milenaria. Somos altruistas y cooperadores con “los nuestros”, pero nos indignan “los otros”, “los de fuera”, “los que tienen otras ideas”.

Con que unos pocos se unan entorno a una idea por rara que sea, ya se encuentra cooperación, solidaridad, escucha, comprensión entre los de ese grupo. Es algo que emerge instantáneamente y que hace precisamente que sobre esos principios de cooperación y solidaridad mutua unos grupos luchen contra otros. A cada reacción de un grupo se crea otra contra-reacción en el otro grupo. Por eso, cuando más derechos se quieren para un grupo el otro protesta, y cuando se vulnera el principio de sentirse en equidad, el sentirse indignado o víctima intenta llevar la situación a la superioridad moral y en los casos extremos a sentirse moralmente con el derecho a utilizar la violencia contra el otro. Todo esto tiene un sentido en un marco de evolución humana para calcular los costes y beneficios de las relaciones sociales.

Es curioso ver a pacientes que van de psicólogo en psicólogo hasta que encuentran a uno que piensa como ellos. Te dicen: “yo quiero un psicoanalista porque no creo en los conductistas”. Otros: “Yo quiero un humanista, no me atraen los otros psicólogos porque los humanos somos algo más que biología”. Su bienestar psicológico subjetivo es más fuerte siguiendo una idea (su identidad que le une a un otro, a la pertenencia a un grupo que le otorga supuestamente más moral y ética en su creencia) que siguiendo el propio desarrollo de una psicoterapia.

Con los años he visto que avanzan las psicoterapias y las pseudo-terapias integradoras. Pacientes que a la vez que acuden a tu consulta acuden a curanderos o psicólogos que mezclan métodos científicos con cosas anti-científicas. Esta mezcolanza hace más difícil erradicar las pseudo-ciencias y lo que hemos aprendido algunos es que la propia psicología es incapaz de acabar con los propios mitos psicológicos que genera. Y es que la mente parece que da más credibilidad a su creencia distintiva por estrambótica que sea. ¿Cual es la tasa de reproducción y supervivencia de una creencia? A mí me resuena metafóricamente a esa variabilidad generada por la recombinación genética: las ideas como los genes se recombinan continuamente dando resultados variables y no tiene por qué “ganar” las mejores ideas, sino que surgen y son las que quedan, las que prenden en las mentes de los grupos, según las presiones en la interacción idea-ambiente que las extienden o reducen por los ecosistemas humanos. Los mimbres de la evolución cultural o de la genética es la variabilidad continua y su deriva en el tiempo.

Así que todo este maremágnum de usos de pseudo-terapias tampoco es cuestión de inteligencia o de estudios, pueden ser reputados psicólogos con amplia experiencia o pacientes con brillantes currículum. Y es que la mente humana genera, a priori y a posteriori, más que razones bien fundadas, ideas racionalizantes y motivadas a un fin con marcado interés social, económico o afectivo por encima de pretendidas realidades objetivas. La realidad se deforma con auto-engaños todo lo que sea necesario con el fin de conseguir supuestos beneficios de los demás.

Ya hemos visto que co-existen “realidades” de distintos pelajes y manipuladas por los individuos y los grupos, pero las construcciones de las narrativas se hacen con los mitos que circulan en una determinada época, si en un determinado momento se oye más el crecimiento personal, el mindfulness, los reflejos primitivos o la terapia cuántica, pues es más fácil que con esos elementos presentes en la sociedad se construya el sistema que permite conectar paciente y terapeuta. La explosión de cursos de formación o talleres sobre esas temáticas crean la base compartida cultural (aunque sean ideas erróneas) necesaria para crear una ilusión óptica de compartir información importante y cerrar el círculo del intercambio socio-económico-afectivo. Es poco probable que el paciente permanezca en la terapia si los psico-terapeutas no corroboran lo que el paciente quiere creer. Por la misma causa de que es poco probable que un psicólogo psicoanalista permanezca escuchando sin ofenderse en un congreso de psicólogos conductistas recalcitrantes. Cualquier idea que amenace la visión del mundo ya formada se ve como inquietante y es rechazada, porque nadie quiere que le rompan su mundo, que al fin de cuentas es la realidad en la que está viviendo y por la que construye un sentido de su Yo día a día.

A pesar de esta fe en la psicoterapia con soluciones mágicas y alambicadas teorías de como funciona la vida mental, vemos que los psicoterapeutas por expertos que sean tampoco son capaces de sacarse las castañas del fuego cuando tienen algún problema: los psicoterapeutas se divorcian como todos, caen en adicciones como todos, sufren depresiones, ataques de ansiedad, fobias, suicidios, etc. (En realidad parece que sufren más de estos problemas que el resto de la población a pesar de saberse la teoría que les faculta legalmente para ser terapeutas y tratar estos problemas).

Y con todo esto, aunque todos los hombres son iguales estudien lo que estudien, el rango emerge siempre como variable en la psicoterapia. Habrá que preguntarse si para ser “sanado” subjetivamente un animal gregario como el ser humano necesita ser tratado en un ritual por un individuo al que se le otorga un estatus superior al de uno mismo…

Si un paciente muestra oposición a lo que le dice un psicoterapeuta este replicará que el paciente tiene resistencia a la terapia. ¿Quién tiene resistencia: el paciente o el terapeuta que se queja de la objeción del paciente? Se lo resuelvo ya, el profesional quedará por encima gracias a alguna de sus teorías no comprobables que le permite seguir siendo el experto de mayor rango.

Un gran problema en este campo de egos y rangos es que la intervención de muchos psicoterapeutas es inmune a la ciencia actualizada y se alimenta de los mitos pasados psicológicos igual que sus pacientes: “que un trauma infantil es para siempre y carne de psicoterapias de por vida”, “que si se estimula a los niños de determinada manera se vuelven más inteligentes”, “que los divorcios traumatizan a los niños y hay que llevarlos a terapia”, “que el estilo educativo de los padres moldea la personalidad de los hijos para siempre”, “que las pastillas no van a la raíz del problema y que eso solo se puede hacer desde una psicoterapia”, “que una psicoterapia no puede hacer daño”…

Nadie piensa que cualquier ayuda, cualquier terapia puede llevar un efecto secundario no deseado o ser contraproducente, aunque ya hay autores que empiezan a avisar de estos problemas. Cuando la sociedad se llena de psicoterapias dedicamos más recursos a ellas y menos a cambiar las condiciones de vida sociales que influyen en la configuración y adaptación psicológica a esa realidad. Lo que estamos haciendo es mover la realidad que necesitamos cambiar socialmente a la nueva realidad subjetiva y “psicológica” individual. Esto crea una sociedad que esconde sus problemas debajo de la alfombra de las psicoterapias individuales.

Todo este complejo entrelazamiento de realidad y subjetividad se haya pendiente de delicados equilibrios entre grupos que sostienen sus ideas. Un ejemplo son los portadores de ideas anti-vacunas, que pueden serlo porque se benefician de la inmunidad de grupo. A ellos no les pasa nada porque los demás sí se vacunan, así que nunca ven las consecuencias de sus actos y por lo tanto siempre tienen razón, el problema viene cuando aumentan los anti-vacunas lo suficiente como para que deje de funcionar la inmunidad de grupo. 

De la misma manera, cualquier creencia costosa por su ineficiencia o falsedad se mantendrá con seguidores y conseguirá nuevos adeptos, porque consigue "beneficios" del apoyo de la formación de grupos (protección y nutrientes) sin pagar del todo los costes. Son patógenos culturales, creencias parásitas, porque viven y se reproducen en las mentes en las que se adhieren a costa de utilizar otras creencias más productivas para la sociedad. La forma de entrada de estos patógenos culturales es la emoción (regulador bio-social homeostático), porque reduce la función reflexiva y le permite cambiar nuestras conductas para seguir extendiendose a través de las actividades del grupo, que unido en sus metas experimenta la creencia parásita y las emociones asociadas, como el exhibicionismo de superioridad moral para impresionar a los demás y conseguir nuevos adeptos.

Esto es lo que pasa con las pseudo-terapias y las pseudo-pedagogias, sus portadores seguirán existiendo mientras se mezclen con otras intervenciones más exitosas o cuando se usen más a menudo. El cerebro dará por válido el “a mí me funciona” incluso cuando un tratamiento no haga nada de nada si nota una mejoría (aleatoria) que pueda asociar con su amada idea terapéutica o ideológica, aunque su mejoría se deba simplemente a que en los procesos de enfermedad o de aprendizaje hay empeoramientos, mejoras y terminaciones. Lo que se comprueba en los estudios científicos es que cuanto más a menudo se usa una pseudoterapia, más probabilidades de desarrollar una creencia ilusoria de su eficacia, a pesar de que sea inútil.  

Y al contrario de lo que muchos piensan, dar información científica y con datos de las consecuencias negativas no hace a las personas cambiar, porque el conocimiento y el pensamiento racional por sí solo no hace cambiar las conductas. Son las señales sociales y ambientales, las emociones más los procesos cognitivos sesgados y automáticos, con sus "beneficios" sociales a corto plazo los que impulsan la creacción de narrativas justificadoras de las creencias. Como seres sociales que somos, las personas cambian su comportamiento para adaptarse sobre todo cuando el grupo social de pertenencia cambia su comportamiento. Hacer educación o psicoterapia contra un individuo para cambiar las creencias erróneas sin atender a cómo funcionan los sistemas de grupos sociales a los que te diriges, cómo están organizados y qué "beneficios" a su identidad, vínculos, sentido, significado y estado psicológico aportan a cada individuo concreto en retroalimentación con el grupo está destinado probablemente al fracaso. 

Si alguien quiere saber más sobre estos problemas de la psicoterapia y la nueva ola de educación pseudoterapéutica y emocional les dejo la siguiente bibliografía, en Educación basta con observar la inquietante y abundante oferta de cursos de formación para el profesorado donde psicólogos y coaches tratan de explicar: “como desarrollar la autoestima en el alumnado”, la “educación emocional”, “las inteligencias múltiples”, el “mindfulness”, el “coaching para profesionales de la enseñanza”, etc.


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